El Príncipe de los Gatos

He querido rescatar un pequeño relato (un relato muy corto) que publiqué hace un par de años o poco más junto a una fotografía, en flickr. Como no quiero maquillar el contenido con comentarios extras. Me limito a pegar una copia del texto aquí, acompañado por la fotografía que causó la invención de la historia, y la vez, protesta. Espero que os guste.

El Príncipe de los Gatos

Cuando aquel pequeño caniche blanco a las puertas del castillo, armado con una lanza diminuta, casco y cota de maya, me dijo que su Majestad el Príncipe de los Gatos me recibiría, respondí con una amplia sonrisa y me dispuse a seguirle. Caminamos durante un rato por empedrados pasillos que parecían llevar a la corte, donde el anfitrión estaría esperándome. Sin embargo, tras la última puerta, aquel caniche volvió a sacarme al exterior, en la parte trasera del castillo.

Pensé que sería una broma y justo cuando me disponía a pedirle explicaciones, con un gesto, me indicó la presencia de su Majestad.
Quedé sorprendido al levantar la vista y comprobar que El Príncipe de los Gatos no aguardaba mi visita en un trono, todo lo contrario.
Lo encontré cómodamente echado en la tierra fresca, tomando el Sol. Giró su cabeza tranquilamente para mirarme, arqueó sus ojos y movió levemente sus bigotes. Su pelo era de un precioso naranja rayado y su única corona, eran sus afiladas orejas. La punta de su rabo se movía como si tuviera vida propia, describiendo pequeños círculos en el aire. Después de mirarnos durante unos segundos, rompí el silencio con un saludo cortés, inclinándome y mostrando mis respetos, a la vez que dije: “Saludos, Majestad”. Me devolvió el saludo con un movimiento de cabeza y volvió a mirar al horizonte entrecortado de nubes de algodón.

– Ven, acércate.- Dijo con una voz de gato que no esperaba.

Caminé los 4 metros que nos separaban y me dispuse a su lado, intentando descubrir que era lo que miraba con tanto interés. Entonces levantó su pata para señalar un viejo olivo al fondo. De sus ramas colgaba un gato calcinado, atado de una de sus patas. Su majestad comenzó a hablar.

– Fue anoche, escuchamos los maullidos desde nuestras habitaciones y salimos para ver que ocurría. El pobre animal intentaba escapar de 3 jóvenes humanos que lo sujetaban por una de sus patas con una cuerda.- El Príncipe hizo una pausa para tragar saliva, yo prestaba atención y el continuó. – Aquel gato intentaba correr en todas direcciones mientras aquellos “hombres” pegaban tirones de la cuerda. Uno de nuestros soldados, que se acercó algo más, pudo ver como la sangre brotaba de sus uñas cuando arañaba el suelo intentando escapar. Después, con la misma cuerda, lo levantaron en el aire hasta dejarlo colgando. Lo balanceaban como un péndulo y después comenzaron a hacerlo girar.- El rabo de su majestad dejó de moverse. – Mientras ataban la cuerda a una de las ramas del olivo, otro sacó una caja de cerillas del bolsillo, encendió una de ellas y prendió el espeso pelo gris del animal. Aquella bola de fuego, que parecía haber perdido las fuerzas, comenzó a retorcerse y maullar con nunca habíamos escuchado hacerlo a un gato. Pudimos ver como se agarraba a la rama que lo sujetaba intentando huir a ninguna parte. Finalmente entre las llamas y las desquiciadas risas de sus verdugos, el animal dejó de luchar y se entregó a su propia muerte.-

Llegué conmocionado al final de la historia y el Príncipe miró un segundo mis lágrimas. Se levantó y comenzó a caminar a mi alrededor, acariciándome con su lomo y su cabeza. El pequeño caniche guardián, nos miraba desde atrás, como si el comportamiento del Príncipe entrañara algún peligro. Sequé mis lágrimas con la mano y dije a su Majestad cuanto sentía lo ocurrido. El me respondió…

– La naturaleza ha querido que nosotros los animales, no seamos capaces de evitar estos crímenes. Sois vosotros quienes faltos de razón, atentáis contra el reino animal de forma exagerada, sin daros cuenta del daño que cometéis, y seréis vosotros quienes tendréis que evitarlo, si algún día hacéis uso de la razón que decís tener. Ninguna tradición humana justificará nunca vuestros actos y muchos menos el mero aburrimiento de 3 jóvenes ciegos y sin corazón. Cada día veo como mueren los míos en vuestras manos, sin poder hacer nada. Aquí, refugiado en mi castillo, ya no me siento Príncipe, si no víctima. – Dejó de caminar a mí alrededor y mirándome de frente, me preguntó…

– ¿Cuándo pensáis crecer y comportaros como verdaderos animales racionales?

Esperó con la mirada fija en mis ojos una respuesta que no supe darle. Volvió a echarse donde lo encontré para seguir observando el cuerpo colgado de aquel gato muerto. La punta del rabo de su Majestad comenzó a moverse de nuevo y al instante el caniche se acercó procurando educadamente el final de la visita. Quise improvisar una alabanza antes de irme, que terminó más bien en un torpe y ridículo balanceo de cabeza mientras el caniche tiraba de mi camisa. El gato naranja, respondió mi gesto con dos palabras.

– Adiós… humano.

Y la palabra humano, me sonó por primera vez, como un insulto.

Luis Serrano
www.luisserrano.net
Septiembre 2006

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